4. HIERRO TEMPLADO

― Esta noche –dijo el rey, alzándose-, mi hijo Cyrus, vuestro príncipe, organizará a sus hombres de mayor confianza para emprender esta terrible empresa. Al alba partirá hacia las tierras de Lynnus y acabará con el mal que acecha en nuestro reino.

Los vítores del pueblo llenaron la sala. Pero Bean, apartada de la multitud, miraba la escena con una sonrisa nerviosa. Por fin iba a poder demostrar su valía. Ser la herrera oficial del príncipe era todo un honor, pero únicamente había realizado trabajos para torneos, justas y fiestas, nunca nada similar a una batalla de verdad.

El rey y el príncipe llamaron a su séquito a una sala apartada, donde se tomaban las decisiones importantes. Era la primera vez que convocaban a Bean como parte de los herreros oficiales del reino. Los hombres que conformaban el resto de su gremio ni se molestaban en ocultar la risa.

― ¿Para qué demonios vienes, muchachita? El príncipe no es estúpido; jamás llevaría a una mujer a la guerra.

― Cállate, Grifus. Sabéis perfectamente que soy la herrera de confianza del príncipe.

Las declaraciones de la joven provocaron aún más risa en sus interlocutores. Ella, ofendida, se cruzó de brazos y se apartó hasta dejar de escuchar a sus compañeros de gremio. Ser la única mujer en su posición era a la vez un orgullo y una maldición. La sala se silenció por completo cuando el rey colocó sus manos sobre la mesa. Comenzó entonces a recitar una larga lista de caballeros que, al nombrarlos, presentaban sus respetos y aceptaban con honor la tarea que les era encomendada. Una vez terminó, fue Cyrus quien tomó la palabra, comenzando a nombrar aquellas personas de confianza que le acompañarían en su viaje.

― …Y, finalmente, como mi herrero personal, Grifus Capa Moteada.

La frase fue para Bean como un jarrón de agua fría. A pesar de haberse alejado, podía escuchar perfectamente la risa de su compañero herrero desde la otra punta de la sala. Su mirada se encontró con los chispeantes ojos del príncipe, que parecían divertidos. Fue incapaz de callarse.

― Disculpad, alteza; pero pensé que, siendo yo vuestra herrera oficial, me escogeríais a mí para acompañaros en esta… travesía.

El silencio se instaló en la sala y docenas de ojos se clavaron en ella. El rey fue a hablar, claramente airado por el descaro de la joven, pero Cyrus se adelantó.

― Si bien me siento orgulloso de haberte seleccionado como mi herrera personal, por respeto al servicio que tu padre ofreció a esta corona, no se me pasaría por la cabeza llevarte a la batalla. Tus creaciones están bien para los torneos, las fiestas y las justas. Pero ahora no necesito algo bonito que ensalce mi postura y agrade al pueblo. Necesito elementos fuertes, resistentes, que nos ayuden a vencer a los demonios que acechan nuestras tierras.

― Disculpad mi insolencia, alteza –contestó Bean apretando la mandíbula. El príncipe no solo había roto su mayor ilusión, sino que la había humillado.

Paseó durante horas, perdiéndose por el bosquecillo que rodeaba el palacio, hasta que sus mejillas dejaron de arder y su corazón dejó de doler tanto. Sentada en una roca con la mirada perdida en las estrellas, Bean se permitió el lujo de dejar caer unas lágrimas rebeldes.

― El príncipe ha cometido una gran equivocación.

Bean se incorporó de un salto, buscando alrededor la fuente de aquella voz. Extrajo del cinto una pequeña daga que siempre le acompañaba, con mano temblorosa.

― Disculpa si te he asustado, Bean. No era mi intención.

― Muéstrate.

Una figura avanzó desde la espesura, dejándose ver. Era una muchacha de largos cabellos rojizos, cubierta con una capa tan blanca que parecía reflectar la luz de la luna. La herrera no reconoció su rostro, y estaba segura de no conocerla, pues unos ojos como aquellos serían imposibles de olvidar. Eran prácticamente blancos, con brillos amarillentos, y carentes de pupila.

― ¿Quién eres? –preguntó, y la tranquilidad en su voz la sorprendió incluso a ella. A pesar de la situación, se dio cuenta de que no sentía ni una pizca de miedo.

― Mi nombre es Ienna. Soy lo que tu gente conoce como un espíritu del bosque.

Bean asintió. Recordaba las leyendas y la figura de la mujer encajaba a la perfección con lo que explicaban. Bajó el arma, más relajada, y se dejó caer de nuevo sobre la roca, admirando la belleza de aquel ser.

― Los de tu especie hace mucho que no se dejan ver, o eso cuentan las leyendas. Dime, ¿por qué, de entre todos los humanos a los que podías visitar esta importante noche, has decidido mostrarte a mí?

― La importancia de cada uno no lo deciden los demás, sino sus actos. Está escrito en las estrellas que tu príncipe fracasará en esta importante misión. Cyrus perecerá mañana por la noche, aplastado por las garras demoníacas, y en tres días apenas quedará un humano en pie en todo el reino.

La herrera sintió que debía horrorizarle aquello, pero la presencia del espíritu la tenía tan relajada que solo pudo sentir un cosquilleo en el estómago.

― ¿Y qué podría cambiar yo en la ecuación del futuro que ves?

― Tu visión, Bean –contestó el ser, acercándose a la joven. Tomó su rostro entre sus pálidas manos, y la humana sintió una tremenda paz inundando su pecho―. Ninguno de los hombres que partirán en unas horas es capaz de ver el mundo como tú eres capaz. Como tú serás capaz.

― Pero yo no…

― Sé que no confías en ti misma. Sé que, aunque te ha dolido, en el fondo de tu corazón crees que el príncipe ha tomado su mejor decisión. Pero no es así, Bean. Tú eres nuestra única esperanza. Es tu destino.

La herrera miró aquellos ojos blancos llenos de estrellas y pudo ver en ellos el terrible futuro que le esperaba si no actuaba. Ienna besó con suavidad los labios de Bean y, mientras la chica caía presa de un profundo sueño, susurró:

― Cuando llegue el momento sabrás qué hacer, Bean. Confiamos en ti.

El sol se filtraba entre el follaje cuando despertó. Tenía un tremendo dolor de cabeza y, por un momento, sintió que los recuerdos de la noche anterior habían sido fruto de sus sueños. Miró alrededor, y vio un pequeño zorro rojo que la observaba desde un matorral. El animalillo pareció asentir antes de esconderse en la espesura, extrañando a la adormilada Bean. Fue a frotarse los ojos, pero en su mano izquierda notó algo que la detuvo. Una extraña piedra de forma ovalada, con el mismo aspecto que los ojos de Ienna. No sabía cómo había llegado hasta ella, pero sabía que sería importante.

Regresó a su alcoba y preparó una pequeña bolsa de viaje. Se colocó un peto de cuero sobre su ropa limpia y se colgó a la espalda su mejor obra: una preciosa hacha de acero negro, con dos hojas afiladas y la empuñadura forrada en cuero. El arma estaba acabada, exceptuando las piedras preciosas que el príncipe le había pedido. Era ligera pero contundente. Parecía más hecha para sí misma que para su legítimo dueño.

Finalmente pasó por las cocinas para comer algo rápido y prepararse una ración para el viaje. El trayecto hasta Lynnus le llevaría al menos una jornada completa, por lo que decidió tomar prestado uno de los caballos que el príncipe había dejado en palacio. A fin de cuentas, si lo que le había mostrado Ienna se cumplía, no importaría tener un caballo más o menos en el establo. Cabalgó durante varias horas, parando únicamente para comer y dejar descansar al corcel. Cuando el sol ya comenzaba a ponerse, vislumbró a lo lejos el campamento real. Las tiendas estaban ocupadas por hombres heridos, mutilados, delirantes. Los magos sanadores no daban abasto para calmar sus dolores. Algunos, reconociéndola, la miraban en silencio al pasar. Pero Bean tenía un único objetivo en mente: encontrar al príncipe.

Cyrus estaba en una de las tiendas, siendo curado por uno de aquellos sanadores. Tenía el pecho descubierto y una horrible herida lo cruzaba desde la zona del estómago hasta prácticamente el hombro. Cuando la vio entrar en la tienda, el príncipe se echó a reír.

― De verdad, Bean, agradezco tu entusiasmo. Pero no podemos hacer nada. Esas criaturas… Nos están masacrando. Ni si quiera los hombres más fuertes y valientes están saliendo airosos de la batalla. Solo podemos contenerlos… ¿Qué crees que vas a poder hacer tú?

La chica desenfundó su hacha, tendiéndosela al príncipe. Este se pasó una mano por la cara, desesperado, mientras la herida terminaba de cerrarse dejando una terrible cicatriz todavía latente.

― No tengo tiempo para tus tonterías, mujer. Si de verdad quieres entrar al campo de batalla, adelante. No arriesgaré la vida de ningún hombre por salvar la tuya.

Sin decir ni una palabra, la herrera observó cómo el príncipe se colocaba de nuevo la armadura, cogía su ensangrentada arma y se alejaba, volviendo al combate. Suspiró. Pidió indicaciones al mago para encontrar la forja que Grifus habría instalado en el campamento. A pesar de que el herrero le habló en cuanto la vio, Bean ignoró sus palabras. Había entrado en una especie de trance donde no escuchaba nada a su alrededor. Tenía una tarea y debía cumplirla a toda costa.

Calentó el acero de su hacha, volviéndola maleable. Modificó las ranuras que había dispuesto para las piedras preciosas, creando un único hueco de forma circular. Una vez terminada la modificación, enfrió el material y, con sumo cuidado, engarzó la piedra que Ienna le había regalado. Encajaba a la perfección. Al momento, el arma resplandeció y un cosquilleo recorrió el cuerpo de Bean. Sonrió.

Escuchó cómo Grifus y otros hombres intentaban detenerla, pero sus pies se movían solos, directos al campo de batalla. Cruzó la improvisada barrera que separaba las tiendas del horror y observó la escena. Los demonios, seres deformes de piel grasienta y rojiza, tenían la clara ventaja a pesar de estar en minoría. Muchos de los hombres del príncipe estaban en el suelo, inertes o agonizantes. Los que todavía estaban en pie, luchaban más por mantenerse vivos que por matar a aquellas criaturas. El propio Cyrus mantenía a raya a uno de los seres, junto con dos caballeros más. Bean observó, inmóvil, cómo el príncipe se interponía en el ataque de un demonio para salvar a uno de los caballeros.

La criatura agarró con fuerza el cuerpo del hombre. Al estrujarlo entre sus manos, la herida mal cerrada de Cyrus volvió a abrirse, dejando caer un reguero de sangre al suelo. Aquella era la imagen que Ienna había mostrado a Bean la noche anterior: el momento en el que el príncipe moría aplastado por las garras de uno de aquellos demonios. La herrera no podía permitirlo.

El objetivo era difícil, pero no imposible. Existían muchas posibilidades de impactar directamente en el príncipe y acabar con su vida. Pero debía correr el riesgo. Bean alzó su mano, cargando con el hacha. La piedra blanca centelleó en el arma justo antes de ser lanzada.

― ¡Alteza, a la izquierda!

El príncipe, reaccionando por puro instinto, siguió el consejo de la voz femenina. Pudo ver, con asombro, cómo una preciosa hacha negra se incrustaba en el cráneo del ser. Al contrario que sus armas, que no hacían más que resbalar sobre la grasa y rebotar en la dura piel de los demonios, el hacha había conseguido abatir al objetivo, que lentamente aflojó su agarre. Cyrus cayó al suelo y miró con asombro como Bean se acercaba a él para recuperar su hacha ensangrentada.

― Bean, ¿cómo has sabido…?

Pero la chica no se detuvo a contestar. Se lanzó a por el siguiente demonio, abatiéndolo de un solo golpe. Y otro más. Y otro. Las criaturas iban cayendo una a una y los vítores de los hombres que seguían en pie animaban a la joven. Pero por más demonios que matase, siempre aparecían más. Entonces lo vio, a lo lejos. La tierra abierta y el fulgor rojizo. ¿Cómo era posible que ninguno de los soldados se hubiera dado cuenta?

― ¡Príncipe! ¡Intentad contener a los demonios! Creo que sé cómo acabar con esto.

El hombre iba a rechistar, pero parecía haber aprendido la lección. Asintió con solemnidad, guiando a sus hombres para detener a los demonios y abrirle paso a Bean, que echó a correr por la explanada con el hacha en la mano. Allí estaba. Aquel surco en la tierra era de donde los demonios estaban saliendo. Daba igual cuantos demonios matasen, pues siempre aparecerían más mientras la puerta estuviera abierta. Observó su hacha, que brillaba con luz propia, y se dejó guiar por los susurros que Ienna había dejado marcados en su corazón.

El hacha cayó por el abismo, desintegrando con su luz a los demonios que trataban de escalar hasta la superficie. Se escuchó un silbido agudo y, justo después, un fuerte estallido de luz hizo a Bean apartarse. Cuando volvió a mirar, el abismo se había cerrado. Detrás de ella, la batalla había finalizado, pues todas las criaturas se habían desintegrado al cerrar su conexión con el inframundo. La herrera, satisfecha, se dejó caer sobre la tierra seca. Lo había conseguido. Había vencido a los demonios.

No había pasado un mes desde la batalla, pero la paz había vuelto al reino. Las enfermerías de palacio todavía estaban repletas de hombres heridos, los cuerpos de los caídos se habían devuelto a la capital, donde se celebró una solemne ceremonia en su honor. El rey, sabiendo que tras tan duro golpe su pueblo necesitaba un respiro, había organizado una serie de festividades, que durarían tres días, conmemorando la derrota de los demonios. Bean, por supuesto, era la invitada de honor.

Desde su regreso a palacio había recibido toda clase de atenciones y lujos. Trasladaron sus pocas pertenencias a una alcoba más grande, su armario estaba repleto de vestidos terriblemente incómodos, y cada noche era invitada a la cena la familia real. Polly, una joven que desde su regreso no se separaba de su sombra y se ocupaba de que no le faltase nada, no paraba de parlotear a su lado mientras rellenaba incansablemente la copa de Bean con uno de los mejores vinos de palacio.

― Gina me ha contado que en el pueblo no se habla de otra cosa. Todos los muchachos se mueren por venir a las fiestas a cortejarte, y las chicas te tienen una envidia terrible. ¡Y como para no! Hasta se empiezan a escuchar canciones en las tabernas sobre tus hazañas.

Bean, aburrida, volvió a vaciar el contenido de su copa por el simple placer de ver cómo Polly la rellenaba sin tener que cesar su parloteo para ello. Comenzaba a plantearse si la ventana situada a su derecha era lo suficiente grande como para tirarse por ella –o tirar a la joven doncella-, cuando la fanfarria que precedía a un anuncio por parte del rey la despejó por completo. El monarca hablaba con voz solemne, recordando a los caídos y agradeciendo la valerosa hazaña de los guerreros. Mencionó entonces a Bean, invitándola a acercarse. La joven dejó su asiento y se acercó por la pasarela central hasta quedar a los pies del trono.

― No te inclines ante mí ―la detuvo el rey―. Esta fiesta es en tu honor; si no hubiera sido por ti, posiblemente el reino completo y, quizás, el mundo tal y como lo conocemos, habría dejado de existir. Por ello, quería agradecerte formalmente tu valerosa actuación y, antes de dar por terminadas estas festividades, declarar lo siguiente.

El rey tomó una bella espada y bajó algunos escalones, quedando apenas por encima de Bean. Ella, incómoda con la situación, se mantuvo en silencio.

― Bean, hija de Arold Hierro Templado, por tu inestimable servicio a este reino, te concedo el título de Baronesa de Baroth. Tendrás tu residencia allí, donde no te faltará ningún lujo. Un séquito te acompañará en tu viaje a las tierras del este, donde se celebrará tu llegada. Además, he seleccionado personalmente a tus posibles pretendientes, que acudirán a las festividades en tus nuevas tierras, para intentar conquistarte y desposarse contigo.

― Disculpad, alteza –intervino Bean antes de que el monarca siguiera con aquel discurso-. Si bien agradezco vuestros esfuerzos por concederme tales honores, he de rechazarlos.

El rostro del rey se crispó y la joven se arrepintió de haber tenido la osadía de contradecirle, pero Cyrus, rompiendo el protocolo, se colocó junto a su padre y retomó la conversación.

― Por supuesto. Por tus honorables servicios al reino se te concederá aquello que ansíes, siempre que sea razonable.

Decenas de personas observaban la escena en silencio, casi conteniendo la respiración. Bean miró alrededor, sintiéndose atrapada, cuando descubrió una cabellera rojiza. Unos curiosos ojos blancos no le perdían la vista desde las ramas más altas de un árbol cercano. Bean respiró profundamente y miró alternativamente a rey y príncipe, dejando que la calma del espíritu del bosque la inundase.

― Si algo he aprendido de toda esta experiencia es que debo seguir mis instintos. Allá afuera hay todo un mundo de posibilidades y alguna estará esperando por mí. Lo que más ansío es ser dueña de mi propio destino.

Reto 4 : Haz un relato en el que tu protagonista, una herrera, realice el viaje de la heroína


NdA: ¡Hola! Se que hace mucho que no publico, pero este relato me ha roto la cabeza completamente. Cuando leí que el reto consistía en escribir sobre “el viaje de la heroína”, planifiqué un relato con la estructura del viaje del héroe de toda la vida. Después de planificar, organizar e incluso empezar a escribir, me di cuenta de que se trataba de una teoría literaria diferente que rompía por completo todo lo que había planificado.

Investigué hasta cansarme esta teoría del viaje de la heroína, pero por más que leí y leí, no encontré nada que me gustase. Que no me hiciese pensar que lo que se pedía en el reto era aún más ¿machista? que el propio viaje del héroe. Así que he estado estas semanas estudiando, debatiéndome y, sobre todo, intentando sacar una historia que me gustase un poquito y que fuera un poco fiel a lo que pedía el reto, ya que no me sentía nada cómoda escribiéndolo.

Al final ha salido esto. Lo siento si no es exactamente lo que pedía el reto. ¡Nos leemos pronto!

PD: la relación con el relato anterior no salta a la vista… ¡Pero prometo que existe! 🙂

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3. POST MORTEM

El portazo que dio Raven al abrir la puerta de su dormitorio lo despertó de golpe.

― ¿Pero a ti qué te pasa? ―preguntó Daren, levantándose aún medio dormido.

― Que estás en las noticias.

― ¿Qué cojones dices?

El chico, que sólo llevaba los calzoncillos puestos, salió de su dormitorio directo al comedor. La televisión estaba encendida y Willow, la novia de su compañera, comía fideos chinos con parsimonia. Ambos jóvenes se miraron durante un segundo, mientras la chica sonreía por las pintas de Daren, pero se limitó a señalar con sus palillos en dirección a la televisión.

La imagen mostraba a una mujer de unos cuarenta, vestida que parecía recién salida de la postguerra, visiblemente alterada. Una gran mancha de sangre nacía en su cuello y cubría de rojo gran parte de su chaqueta. Al pie de la imagen, el rotulo mostraba el siguiente texto: “Vecina afirma que fue atacada por un vampiro la noche anterior”.

― Que ya le digo, que yo estaba mareadilla y no sé cómo llegué allí, y me vi a un chavalín y me dije, pues vamos a preguntarle cómo se sale de aquí. Pero se estaba comiendo un gato. ¡Un gato! Y le vi los colmillos, y esos ojos, madre de Dios ―la mujer en la pantalla se santiguó tres veces, casi mecánicamente. Estaba visiblemente en shock―. Y entonces él saltó encima de mí, y yo corrí y me escondí hasta que pensé que ya había pasado todo, pero no; en cuanto salí del armario el tío se me tiró encima.

El monologo de la señora hizo reír a Willow, que soltó un comentario de mal gusto acerca de la sexualidad de la mujer. Daren se había sentado a su lado y miraba la pantalla con rostro cansado, frotándose los ojos. Su compañera de piso, divertida, le dio unos golpecitos de ánimo.

― Venga tío, que no es para tanto. Todos nos hemos zampado a una vieja de vez en cuando y se nos ha olvidado desmemoriarla.

― Calla idiota. Que sí lo hice. Te lo juro.

― ¿Por qué lo juras? ¿Por tu alma inmortal? ―soltó Willow con ese aire misterioso e intenso que tanto la caracterizaba.

― Que no, joder. Deja mi alma en paz de una vez, Will. Además ―continuó el chico, centrándose en Raven―. ¿Cómo sabías que era yo?

― A estas alturas no se me ocurre ningún otro vampiro que pueda meter tanto la pata como tú ―las chicas comenzaron a reír mientras Daren apartaba la mirada, entre enojado y avergonzado―. Va, tío, no te rayes. Es que te vi llegar a casa todo lleno de sangre anoche.

El chico soltó un suspiro de derrota. Dejó a las chicas en el sofá y se fue a su habitación para despejarse un poco. ¿Cómo era posible que la señora se acordase de todo? No era la primera vez en la historia que un humano recordaba el ataque de un vampiro, pero por suerte se les solía tratar de chiflados o personas queriendo llamar la atención. Eran pocos los humanos que vivían sabiendo sobre la existencia de los vampiros. Willow era uno de ellos, y aunque sabía que al final se convertiría o tendría que olvidar toda su relación con Raven, a la chica le pareció bien.

Daren comenzó a prepararse para ir a su estúpido trabajo, todavía con la señora de la televisión en la cabeza. Tenía muchas lagunas de la noche anterior. Siempre iba a zonas no urbanizadas a cazar para evitar cosas como aquella. Pero al estar comiendo cuando apareció la mujer, el instinto depredador pudo más que su fuerza de voluntad y se dejó llevar. Los recuerdos de después de la caza eran borrosos. No recordaba si quiera cómo había llegado a casa. Era como cuando todavía era mortal y se pasaba con la bebida en las noches de fiesta.

Decidió no darle más vueltas, así que se colocó la gorra negra con la gran M amarilla en el centro, se echó colonia para disimular la peste a fritanga y se maquilló rápidamente para no parecer tan muerto como estaba. Al salir al comedor, se colocó la chaqueta tejana y se despidió rápidamente de las chicas.

― Hasta luego, pringado.

― Yo también os quiero, amores.

La vida de vampiro no era tan espectacular como esperaba. Seguía atado a un trabajo que no le gustaba, porque por mucho que seas inmortal el dinero no te sale por las orejas. A pesar de ser un monstruo tenía demasiado recientes los valores éticos que había aprendido durante su vida. Por ello no solía atacar a humanos y, si lo hacía, siempre era con gran discreción y poniendo mucho empeño en el borrado de memoria para no traumatizar a su víctima. De nuevo el recuerdo de aquella mujer volvió a su mente, y se preguntó qué podía haber salido mal la noche anterior.

Las horas pasaron de la manera habitual. Después del pico de clientela a la hora de cenar, la afluencia de gente en el restaurante de comida rápida era más bien nula. Daren aprovechaba aquellos momentos para charlar con sus compañeros. Le hacía gracia que no sospechasen, ni lo más mínimo, lo diferentes que eran. Se ocupaba expresamente de ello: fingía comer cuando hacían el descanso, iba al baño regularmente y tomaba agua, a pesar de no necesitarlo.

Quedaba poco rato para acabar su turno cuando hizo una de sus paradas no necesarias para ir al baño. Planeaba encerrarse en el cubículo y mirar el móvil durante un buen rato, pero algo le llamó la atención. Por el rabillo del ojo vio una figura reflejada en el espejo. Se puso alerta y se tensó, mirando al lado contrario. No había nadie. Suspiró con alivio, ya que su reflejo era una de las pocas cosas que no podía fingir ante los humanos. Se giró de nuevo hacia el espejo y ahí estaba otra vez.

El reflejo mostraba la imagen de un muchacho al que le faltaban muchas horas de sol. Debía tener unos veinte y pocos. Llevaba el cabello corto, muy a la moda actual, y una escasa barba que no parecía crecer todo lo que debía. Daren se fijó en las orejas de soplillo y los hoyuelos de sus mejillas. Miró de nuevo atrás, no viendo a nadie, y se acercó más al espejo, con una sensación de familiaridad que le revolvía las tripas. El chico del reflejo también se acercó a él, con cara de espanto. Alzó una mano y se tocó la cara, viendo como el chico hacía lo mismo. Saltó, alzó las manos, corrió de un lado al otro de la estancia… Y el chico hacía exactamente lo mismo que él. Porque aquel chico era su propio reflejo.

Sintió unas terribles náuseas y casi vomita en el baño.

― Carlos, ¿estás bien? Llevas mucho rato ahí dentro.

― Sí, sí ―respondió Daren a su compañero, que se refería a él con su nombre humano―. Bueno, no, no me encuentro bien. ¿Crees que puedes cubrirme lo que queda de turno?

― Claro, tío. Lo que necesites. ¿Quieres que entre?

― No, no. Tranqui. Yo me encargo.

Esperó varios minutos con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. ¡Su corazón latía con fuerza en su pecho! Se llevó una mano al cuello y ahí estaba, su pulso, como hacía años no sentía.

― Esto no me puede estar pasando…

Salió del restaurante a toda prisa, poniéndose su chaqueta tejana por el camino. Intentó correr, pero su paso no aceleraba más de lo que cualquier humano correría. Se sintió ahogado al momento. Su cuerpo, más vivo que nunca, se quejaba de aquel sobreesfuerzo inútil. Llegó a casa mucho rato después y fue directo al comedor, donde Raven, Willow, y algunos amigos más, parecían enzarzados en una partida de rol.

― Raven, tengo que hablar contigo ―dijo el chico, intentando regular su respiración.

― Shh ―le calló su compañera de piso, sin apartar la vista de Willow―. A ver, ¿qué piensas hacer? Estáis súper jodidos.

― Vale. Voy a lanzar el hacha para intentar darle al demonio que tiene al personaje de Mayze.

― Si no haces una muy buena tirada le vas a dar a ella porque está delante. ¿Estás segura?

― Raven, por favor, es urgente.

― Que te calles un momento, joder ―contestó ella a Daren, sin apartar la vista―. Si le das, lo más probable es que muera, porque ya está bajo cero y tú quitas muchísima vida. ¿Segura, Will?

― Joder, ¡que es importante!

Daren, sin dejar a su compañera rebatirle más, arrancó el dado de la mano de Willow y lo lanzó. Todos los jugadores contuvieron el aliento mientras el pequeño objeto giraba sobre la mesa y mostraba un veinte.

― ¡Sí, joder! ¡No voy a morir esta noche! ―exclamó Mayze, chocando la mano con Willow.

― Bueno, vale, aunque haya tirado Daren os la daré por buena porque me pilláis de buen humor… A ver, pesado, ¿qué te pasa?

Raven por fin miró a Daren y vio la preocupación de su rostro. El chico la cogió de la mano y la arrastró por el pasillo hasta el baño. Se paró junto a ella frente el espejo. El reflejo devolvía la imagen del preocupado Daren, pero estaba completamente solo.

― Jo-der ―soltó Raven sin apartar la vista del reflejo.

― Creo que soy mortal.

― No jodas tío. ¿Cómo puede ser? A ver.

La chica le colocó las manos en el cuello, pero las apartó al instante, asustada.

― Tío, tío, que tienes pulso. ¡Qué estás puto vivo!

― Joder Raven, ¿y ahora qué hago? Tú llevas más tiempo que yo en esto, ¿qué puedo hacer?

― Yo qué sé tío, no conozco a nadie que haya dejado de ser vampiro. Pero esto es muy grave, tronco. ¿Qué coño has hecho para acabar así?

― No lo sé. Joder, Raven. Mírame, si estoy hasta rojo. ¿Qué cojones hago?

Daren se llevó las manos a la cabeza, histérico. Por algún extraño motivo que ahora no lograba comprender, había pensado que Raven, que era algo así como su guía desde que se convirtió en vampiro, tendría todas las respuestas. Pero ver que ella estaba igual o más preocupada que él le provocó una ansiedad que ya le comenzaba a hacer hiperventilar. Por suerte Willow, curiosa, se había acercado a ver qué era tan importante, y al ver el panorama le trajo una bolsa de papel con olor a comida china para ayudarle a recuperarse. Mientras Daren conseguía recuperar el control de sus pulmones, Raven puso al corriente a su novia de la situación.

― Echa a los chicos, ya seguiremos la semana que viene con la partida. Tenemos que ver qué hacemos con este.

Daren había conseguido recuperar el control, pero tenía la mirada ida. En cuanto Raven volvió de echar a sus invitados poniendo cualquier excusa, cogió al chico en brazos y lo transportó hasta su dormitorio. Lo arroparon y cerraron la puerta, dejándole descansar, visiblemente preocupadas. Cuando despertó se sintió completamente desorientado. Tenía la cabeza embotada y los recuerdos difusos. Salió de la cama y, arrastrando los pies, se dirigió al comedor, donde Raven y Willow parecían mirar una película.

― Ey, colega. ¿Cómo te encuentras?

­― No te sabría decir, la verdad. ¿Cuánto he…?

­― Dos días ―contestó Willow.

― ¿He estado durmiendo dos días enteros? ―Ella asintió―. ¿Y por qué no me habéis despertado?

― No pudimos. Créeme que lo intentamos, pero no había manera de que te despertases. De hecho, pensamos que habías muerto. Ya sabes, del todo.

­― Creo que es precisamente lo que le ha pasado ―contestó Willow, levantándose de golpe y acercándose a Daren. Le examinó los ojos, la cara, la piel… Alzó una mano y presionó sobre su cuello, sonriendo después―. Sí, estás tan muerto como cuando te conocí.

Daren se dejó caer en el sofá con una sonrisa de alivio.

­― Menos mal. Estaba preocupadísimo sobre qué hacer ahora con mi vida. ¿Os imagináis tener que volver a ser humano? Os… Os tendría que haber olvidado.

­― Ay, si es que cuando quieres eres mono, eh.

Raven lo abrazó con fuerza, revolviéndole el pelo.

― Pero hay algo que no entiendo. ¿Cómo es posible que me haya pasado esto? Es decir… ¿Cómo puedo haberme convertido en humano para después volver a convertirme de nuevo?

Las chicas se miraron entre sí y se encogieron de hombros, sin tener respuestas para la pregunta de su amigo. Pasaron la noche los tres juntos, haciendo teorías locas sobre lo que había ocurrido y sobre cómo se había “curado” Daren. Al llegar el amanecer, Willow se despidió de ambos y echó a andar por la calle en dirección a su casa. Aunque la conversación había cambiado de rumbo hacía algunas horas sus pensamientos volvieron a cómo Daren se había convertido en humano.

Recordó su inocente visita a casa de Magdalena y cómo la mujer le había abierto las puertas de su casa entre lágrimas, diciendo que nadie la creía. Pero ella sí, porque sabía toda la verdad. La señora no tardó en contarle su historia completa. Lo mal que iba su vida, sus problemas económicos, que su mejor amiga pensaba que era un muermo… Willow comenzaba a arrepentirse de aquella visita cuando comentó el experimento. En un impulso tonto, la señora se ofreció como conejillo de indias para la toma de un nuevo fármaco. Al parecer, fueron los efectos secundarios de la pastilla los que la llevaron a pasear tan tarde por un polígono industrial.

Willow no tardó en sumar dos más dos y entender que lo que le había pasado a Daren tenía que estar totalmente ligado al haber tomado sangre contaminada por el fármaco. Pasó toda la tarde en casa de Magdalena, escuchando sus penas, siendo su paño de lágrimas, y prometiendo volver pronto para seguir hablando del gran trauma que había vivido la señora.

Pero no pensaba contar aquello a sus amigos. Si los vampiros se enteraban del milagro oculto en la sangre de la mujer, el cuello de Magdalena acabaría pareciéndose a un colador, y su integridad humana le impedía dejar que eso sucediese. Además, Willow tenía claro que tarde o temprano ella misma se convertiría en un chupasangre, y prefería guardarse su amistad con Magdalena para sí misma que tener que compartirla.

Reto 3: Tu protagonista se mira en el espejo y ve algo que no debería estar ahí.

2. MAGDALENA

Se podría decir que Magdalena era una mujer sin suerte. No era una desgraciada, su vida no era tan mala, pero siempre que algo le podía ir mal en la vida, le iba mal. La suerte jamás se ponía de su lado. La primera batalla perdida fue a las pocas horas de nacer, cuando su ilusionado padre fue al registro de familia y le dijo a la persona encargada “llamaré a la niña María Magdalena, ¡como a mi difunta abuela!”. Y tan orgulloso estaba de aquella decisión que no se paró a pensar que, apellidándose él Rebollo y su señora Gordo, el resultado igual era un poco fatídico para una cría recién nacida. Así pues, María Magdalena Rebollo Gordo fue objeto de burla en el colegio, pero tampoco mucho. No era tan importante como para acosarla.

Aunque la suerte solía darle la espalda, nunca se la dio tanto como aquella noche. Había acabado escondida en una nave industrial con aspecto de estar abandonada. Subió las escaleras metálicas, que gruñeron al sentir su peso encima, y dio las gracias a Dios tres veces al encontrar la puerta del despacho abierta. Se coló dentro y cerró con prisas. Se tomó un segundo para explorar la sala, bañada en tinieblas, mientras su corazón martilleaba en sus oídos después de tanto correr. Sólo había un escritorio con una raída silla, los restos de lo que parecía un viejo ordenador y un armario de puerta metálica. No lo pensó mucho y se escondió en el robusto mueble, sintiendo enseguida un terrible frío por todo el cuerpo. ¿Cómo demonios había acabado en una situación tan surrealista?

Ah, claro, las malditas pastillas.

La suerte siempre se había reído de ella, era cierto. Pero nunca a esta escala. Llevaba más de veinticuatro horas sin dar pie con bola; todo lo que hacía le salía mal o peor. Eran sus decisiones las que la habían llevado hasta este punto, estaba claro, pero aún así no podía no echarle la culpa a su maldito destino. Llevaba varios meses en el paro. Demasiados, para ser una persona sin familia ni amigos sobre los que apoyarse. Por supuesto, estaba Petri, la única amiga que había conseguido hacer a lo largo de su vida, pero mas que ayuda siempre era una fuente de problemas extra.

El dinero sólo bajaba y las oportunidades no llegaban. Había trabajado más de quince años en la misma oficina. No tenía demasiadas responsabilidades y tampoco avanzaba en sus habilidades laborales. Cuando su jefe se cansó de ella y quiso sustituirla por una carita más joven no tuvo con qué rebatirle. Magdalena se fue agachando la cabeza y escondiendo el rabo entre las piernas.

Escondida en el armario, escuchó sonidos provenientes de la planta baja de la nave industrial. La gran puerta metálica se abrió con un chirrido que le heló la sangre. Quizá fuera el miedo, pero sus sentidos parecían haberse agudizado. Magdalena podía escuchar cada uno de los pasos que daba aquel muchacho, si es que lo podía llamar así, mientras la buscaba. Juntó las manos en una plegaria silenciosa, rezándole a Dios todo lo que recordaba de cuando estudiaba con las monjas. Aunque había logrado recuperar un poco el aliento después de tanto huir, el corazón seguía palpitándole con fuerza en el pecho, aterrorizado. La muerte nunca había sido tan real como aquella noche.

Magdalena siempre había sido una buena chica. Nunca había roto un plato, ni si quiera de manera literal. Aprobó los estudios, trabajó a tiempo parcial en una zapatería mientras estudiaba, se independizó en cuanto pudo y vivió por su cuenta. Cuando su madre se marchó de casa, por no soportar a un marido que parecía más parte del mobiliario que un hombre ni a una hija que más que sangre parecía tener horchata en las venas, Magdalena se ocupó de su padre sin rechistar. Incluso había pagado la ortodoncia del hijo pequeño de Petri cuando ella no tenía cómo pagar los gastos. Pero cuando fue Magdalena la que se vio en un apuro, su amiga se encogió de hombros.

― Pues no sé, busca algo que te de dinero, aunque sea para salir del paso. Mira, el hijo de la Toñi, el Isma, se apuntó a una cosa de una farmacéutica que le dieron como un ibuprofeno, pero más fuerte. Se pasó un día entero durmiendo y a cambio le dieron quinientos eurillos. Que oye, yo firmaba por ganar el dinero así de fácil, ¿eh?

― Pero Petri, ¿cómo voy a dejar que me den… drogas? ¿Y si me sientan mal o me hacen algo malo?

― Ay hija, es que eres una siesa, ¿eh? Que, por no tomar, ni te tomas unas cervecitas conmigo. Que eres una aburrida, cariño; déjate vivir un poco.

Era cierto. Magdalena era una mujer de costumbres. No hacía nada que pudiera romper su rutina. Por eso, aunque de más jovencita sí que se dejó embaucar por el alcohol cuando Petri la arrastraba por ahí de fiesta, al tomar las riendas de su vida decidió que ya no más. Tampoco tomaba cafeína, ni ningún otro tipo de sustancia que pudiera alterar, ni un poco, sus hábitos diarios.

Se pensó mucho lo de ir a los laboratorios. Algo dentro de ella le decía que era una locura. Otra parte le decía que necesitaba el dinero. Y otra, mucho más pequeñita, solo tenía ganas de gritarle a Petri que no era tan siesa como decía. Así que dos contra uno, ganó la opción del sí. Era primero de enero y hacía un frío para morirse. Abrió la puerta de su bloque y salió a la calle, respirando aquel aire invernal que le heló los pulmones. Miró al suelo, dubitativa. Y allí, muy cerquita de sus pies, vio una pequeña bola de pelo sucia que la miraba con unos ojillos marrones llenos de curiosidad y terror.

― ¡¡Una rata!!

El grito de Magdalena asustó al roedor, que salió corriendo calle abajo y se coló por la primera alcantarilla que encontró. Pero la mujer no lo vio, ya que echó a correr en dirección contraria, muerta del susto. Si es que, cuando decía que no tenía suerte en la vida, no se equivocaba tanto… Su carrera la llevó hasta la parada del autobús, y el autobús la llevó hasta la puerta de los laboratorios que Petri le había indicado.

Si no hubiera visto aquella rata, lo más probable es que hubiera dado marcha atrás. Hubiera vuelto al calor de su piso, hubiera abierto el periódico de la mañana y habría seguido buscando trabajo. Quizás esa mañana hubiera sido la indicada y por fin la habrían llamado de un nuevo empleo, terminando con todos sus problemas. Quizás podría haberle dicho a Petri “pues mira, sí, soy una siesa, pero ya estoy bien como estoy”. Pero se asustó al ver al pequeño animal, y ya que había salido de casa, ¿qué tenía que perder?

Pues todo, pero eso aún no lo sabía.

Ahí, encerrada en aquel armario, recordó a la chica tan simpática que la atendió en el laboratorio. Le hicieron rellenar un montón de papeleo, le hicieron algunos análisis y le dijeron que estaba todo listo. El experimento sería sencillo, tomar unas pastillas a lo largo de tres días y anotar los diferentes síntomas que sintiese. Era un tratamiento experimental y no sabían qué efectos secundarios podría tener.

― Es recomendable que permanezca en casa -le decía la muchacha, de la que ya no recordaba el nombre-. Algunos de los síntomas detectados en algunos perfiles son la somnolencia o desorientación, por lo que es mejor que esté en un lugar donde no pueda correr peligro.

Ella, que seguía con su orgullo herido y el bolsillo vacío, se limitó a asentir. Le dieron las pastillas y una tablet donde debería ir anotando los diferentes efectos provocados por las tomas. En cuanto llegó a casa, se santiguó tres veces y se tomó la primera dosis. Se sentó en su sillón, con vistas al colorido balcón que había ido llenando de plantas a lo largo de su vida y ahora parecía más un trocito de selva que la terraza de un piso en mitad de una ciudad. Esperó con paciencia, agarrada al sillón, esperando que su cuerpo estallase de golpe o se le cayera el pelo de la cabeza. Pero nada de eso. Las horas pasaban y ella no se sentía diferente. Lo único que notaba era un extremo calor, que cada vez la hacía sudar más.

Abrió todas las puertas y ventanas de su piso. Siendo primero de enero, el frío entró veloz por cada apertura, pero el calor no se le iba del cuerpo. El cacharro que le habían dado en el laboratorio comenzó a pitar, reclamando el primer informe de los síntomas. Anotó lo del calor, aunque no tenía claro si era por las pastillas o los primeros indicios de la menopausia.

El calor, que no se iba, fue pronto acompañado por un incesante sentimiento de agobio. A pesar de tenerlo todo abierto, se sentía atrapada entre aquellas cuatro paredes. Sentía el peso de toda una vida allí encerrada sobre ella, e intentaba apartar de su cabeza la idea de que estaba desperdiciando su vida. Cuando la tablet volvió a pitar después de la toma de la noche, anotó la claustrofobia como síntoma. Y, sin aguantar más, se echó la chaqueta a los hombros y salió a la calle a respirar, a pesar de las indicaciones de la chica del laboratorio.

Su paseo nocturno la llevo lejos de casa. Si hubiera tenido la tablet encima podría haber anotado en ella un nuevo síntoma: desorientación. A pesar de haber vivido toda su vida en aquella ciudad, no reconocía para nada las calles que estaba recorriendo. La noche cada vez era más cerrada y las calles más y más desconocidas. Cuando se decidió a preguntar a algún transeúnte cómo volver a casa, se dio cuenta de que por aquellas calles ya no había nadie. Se maldijo tres veces por haber tardado tanto en decidirse a preguntar, y otras tres más por no ser capaz de discernir por dónde había llegado hasta donde estaba.

Era un polígono industrial, eso estaba claro. Ambos lados de la calle estaban ocupados por enormes construcciones que servirían de almacenaje decoradas con los logos de las empresas que las utilizaban. Magdalena se arropó en su chaqueta, ya que el intenso calor se había esfumado y el frío de la calle comenzaba a calar su cansado cuerpo. Debía hacer horas que había salido de casa y sólo pensaba en volver y meterse en la cama. Si solo supiese por dónde había llegado…

Al cruzar una de las grandes calles, bajo la luz de una farola, había un muchacho agachado. Vestía una chaqueta tejana y unos pantalones que dejaban ver el borde de sus calzoncillos. En una situación diferente Magdalena se habría escandalizado por aquello, pero estaba tan cansada y desesperada que sólo pensó en acercarse al muchacho para pedir ayuda. Conforme acortaba la distancia que les separaba, Magdalena comenzó a escuchar un extraño sonido, como de succión. Algo dentro de su cuerpo le decía que saliera corriendo de allí, pero lo ignoró. Como siempre Magdalena tomando las decisiones menos acertadas.

Carraspeó al llegar a la altura del muchacho. Este se volvió con rapidez y clavó sus amarillos ojos en Magdalena. La mujer, que se había quedado más blanca que la leche, contuvo la respiración. Durante unos larguísimos segundos en los que el tiempo parecía haberse detenido, observó con atención la situación. El chico, que no debería tener más de veinticinco años, llevaba el pelo corto y castaño. Tenía un pendiente en la oreja derecha y unos ojos amarillos que parecían brillar con luz propia. Y entonces vio la sangre. Desde la nariz hasta la barbilla. En la boca, que mantenía abierta, pudo ver dos enormes colmillos que chorreaban más de aquel líquido rojo.  

― Perdone, joven, que me he confundido -atinó a decir.

― Joder – soltó el muchacho a su espalda.

Escuchó el golpe cuando el chico dejó caer el cuerpo del gato. Esa fue la señal para empezar a correr. Magdalena no era muy atlética, pero el hecho de ir y venir siempre caminando del trabajo le había permitido mantenerse más o menos en forma. Pero aquella noche corrió como no lo había hecho en su vida. Se perdió por aquellas amplias calles, deseando encontrar un rincón en el que esconderse. Pero era imposible. Las calles estaban desiertas.

Desesperada, comenzó a tirar de los pomos de todas las puertas que encontraba. Necesitaba un lugar en el que refugiarse. Consiguió colarse en una vieja nave industrial con aspecto abandonado y se coló en el armario del despacho, con el corazón apretándole fuerte en el pecho. Los pasos de aquel ser se escuchaban en la planta inferior. Magdalena, que ya no sabía qué más rezar, se llevó las manos a la boca, intentando que los sollozos que comenzaban a sacudirla de la cabeza a los pies no sonaran demasiado fuertes.

Escuchó entonces la puerta de salida de nuevo. Parecía que el muchacho había desistido en buscarla allí. No podía creer la suerte que había tenido de que no se le ocurriese subir a la planta de arriba. Se quedó varios minutos allí metida, llorando como una niña, desahogando todo el pánico acumulado en la noche. Cuando ya no le quedaron más lágrimas que soltar, abrió poquito a poco la puerta del armario y salió de allí, con las piernas entumecidas. Miró a través del cristal de la puerta para asegurarse de que el chico de ojos amarillos no la esperaba abajo, pero ni rastro. Suspiró aliviada. Por una vez en la vida, la suerte no la había abandonado.

O eso pensó justo antes que la ventana que tenía a su espalda estallase en mil esquirlas de cristal, cuando aquel muchacho se abalanzó encima suyo. Fue tan rápido que Magdalena apenas tuvo tiempo de soltar el aire de sus pulmones. El dolor lacerante le nubló la vista en el momento que el chico de la chaqueta tejana clavaba sus gruesos colmillos en su cuello. Magdalena, que lo más cerca que había estado de un hombre era mirando las revistas del corazón de la peluquería, sintió aquello como el momento más erótico de su vida, a pesar de lo retorcido del asunto.

Conforme la sangre abandonaba por completo su cuerpo al ser absorbida por el chico, sentía que la vida se iba de ella. El frío la abrazaba y le susurraba palabras dulces al oído, invitándola a dormir para, quizás, no volver a despertar nunca. Como siempre, Magdalena había apostado cara, pero le había tocado cruz.

Reto 2: Escribe una historia sin un solo adverbio -mente

LA FURGO

Llevaban casi dos meses en carretera, se habían recorrido medio continente y aún tenían que ir de Alemania a Italia. Iban de un pueblo a otro visitandolo sin prisa, a veces encontraban un trabajillo y se quedaban unos días más. Pero ese era su propósito de este año, vivir la aventura.

Habían acabado adecuando la furgo para este viaje con lo que la parte trasera era un colchón, una lámpara a pilas pegada a la pared, dos cajas con diferentes enseres y las mochilas. Mientras uno conducía, el otro dormía y viceversa puesto que había días que no podían parar o no encontraban ningún camping ni parking donde aparcar para echar una cabezadita.

Ese dia, justo acababan de salir de Rosenhein e iban dirección Bolzano cuando una tormenta los interceptó a mitad de camino. El pobre vehículo, que había vivido tiempos mejores, no daba más de sí para retirar la lluvia de la luna del coche y permitirles avanzar así que al final, tras un poco de rifi rafe decidieron aparcar en la cuneta y esperar a que escampara.

Después de esperar casi diez minutos decidieron quedarse en la parte de atrás comiendo algo y charlando de banalidades, ya no sabían mucho más de qué hablar así que simplemente se acomodaron y quedaron en silencio, al poco la chica pelirroja se quedó dormida sobre el rubio.

La lluvia caía constante y el ambiente estaba cargado cuando Nube se despertó, tenía la cara de chico a pocos centímetros con lo que podía sentir ese aliento al que estaba tan acostumbrada solo que esta vez sus labios estaban solamente separados por milímetros.

Un cosquilleo de vergüenza y nervios recorrió todo su cuerpo mientras sus ojos verdes miraban la cara tranquila del chico, comprobó varias veces que realmente el joven estaba dormido y acercó los labios hasta que se acabaron tocando, sintió la calidez y cómo todo su cuerpo se derretía pidiéndole más.

Volvió a levantar la vista y vió esos ojos azules, él la miraba entre la socarronería y la sorpresa.

Dijo algo pero la pelirroja fue incapaz de entenderle, el corazón le latía con tal fuerza que parecía se le fuera a salir del pecho, estaba tan avergonzada que solo podía escuchar la lluvia chocando contra la chapa de la furgoneta.

-Yo..esto…lo siento…-Fue lo único que le salió decir antes de volver a tocar con sus labios los de él, solo que esta vez, él le respondió con suavidad incluso con duda al principio. Poco a poco y a medida que sus labios se iban conociendo, el beso iba evolucionando y las manos avanzando terreno.

Nube sentía una descarga eléctrica cada vez que las manos de él acariciaban alguna parte de su cuerpo, la peliroja a su vez paseaba por el pelo una de sus manos mientras con la otra lo abrazaba por la nuca deseando que no se fuera para que no acabara nunca ese momento.

Cuando se separaron para coger aire Nube apoyó su frente contra la de él con una risita cariñosa aun con el aliento entrecortado y muy nerviosa, sus ojos paseaban por las facciones del chico solo deteniéndose para admirar el brillo de los ojos azules de su compañero.

Se podía leer la duda entre los dos jóvenes y una eterna espera hasta que él decidiera si avanzar o retroceder mientras los brazos de Nube seguían cruzados alrededor del cuello de Aaron jugueteando con sus rastas.

Los labios se volvieron a fundir, las manos esta vez dudaban menos y mientras las de Nube seguían acariciando el pelo del chico, las de él repasaban la anatomía de la pelirroja.

Poco a poco los besos y las caricias fueron dejando paso a los mordiscos en el cuello, los suspiros y el roce de la piel con la piel.

Las camisetas hacía tiempo que habían quedado arrugadas a un lado de la parte trasera de la furgo mientras ahora las manos desnudas acariciaban la piel, Nube acariciaba con dulzura cada músculo del cuerpo de Aaron dibujandolo con su dedo para memorizarlo, recorría con un dedo y su lengua los tatuajes marcados en la piel del chico. Sus ojos de vez en cuando se cruzaban para confirmar que seguían adelante, para leerse los pensamientos de aquellos que llevan tantos años juntos.

Lo único que les separaba de estar totalmente unidos eran dos trozos de tela que podrían llegar a haber desaparecido por la fricción de los dos cuerpos buscándose. Nube dejó que él tomara la iniciativa con la piel ardiendo y una vergüenza vertiginosa poniéndose por debajo de él.

Dejó que repasara su cuerpo y relamiera cada uno de sus rincones por primera vez. Él la tanteaba con su lengua y sus labios buscando los gemidos más agudos de la chica que tenía la cara escondida detrás de uno de los cojines. Su lengua subió por su vientre con besos y lametones para centrarse en sus pezones mientras primero uno y luego dos dedos buscaban el climax de la pelirroja.

La mano de ella paró el movimiento de él y solo una frase salió de sus labios antes de tumbarle en el colchón.

-Me toca.-Dijo con una sonrisa en los labios mientras cambiaban las posiciones, jugó con él curioseando por primera vez la anatomía masculina, llegó un momento que supo que ya no quería parar.

Como si de un baile se tratara y con un beso largo y lento cambiaron las posiciones de nuevo, quedando ella por debajo y acomodando las piernas a las caderas de él.

Él le había quitado el cojín, pero ella había conseguido esconder su cabeza entre la clavícula del chico mientras sus piernas se cerraban a su espalda. Sus dedos se clavaban en la espalda del rubio marcando sus uñas en la blanca piel mientras sentía las embestidas en sus entrañas.

Fuera había dejado de llover hacía un buen rato, de hecho hacía varias horas pero en la furgo los dos cuerpos seguían conociéndose y moviéndose cada vez con más complicidad.

Ese día Nube tachó dos propósitos de su lista.


Reto 1: Escribe un relato sobre los propósitos de año nuevo de tu personaje

1. EN LAS SOMBRAS

Las horas pasaban lentamente. Allí abajo, en la oscuridad, nunca sabías exactamente cuánto esperabas. Sólo observabas la vida pasar, en silencio, tratando de mantenerte a salvo hasta el próximo golpe de suerte. Había conseguido unos cuantos cartones que me resguardaban del frío y la humedad. Ahí abajo, en la oscuridad, nunca se está bien. Lo común es la humedad y el dolor de huesos. Es el frío y no encontrar cobijo, a pesar de estar a cubierto.

No era lo habitual en mí, pero empezaba a cerrar los ojos, agotada. El cansancio del día, de la vida entera, estaba pudiendo conmigo. Decidí dejarme llevar. ¿Qué podía llegar a perderme, estando en aquel agujero? Nada importante. Me acomodé entre los cartones, buscando la posición más reconfortante posible, y cerré los ojos. Instantáneamente caí en un sueño profundo.

― Arnet, despierta. Nicky ha vuelto.

Satu me miraba con sus ojillos de niño inocente mientras me sacudía para tratar de despertarme. Con su ojo, debería decir. A pesar de ser de los más jóvenes de la zona, ya había perdido un ojo. Vivir en las sombras es duro, aunque todos intentemos proteger a los más indefensos. Nunca sabes lo que puede pasar.

― Ya voy, ya voy… – murmuré, desperezándome.

Hacía tres días que Nicky se había aventurado, sola, fuera de las alcantarillas. Nadie pensaba que fuera a volver. Incluso yo había perdido todas las esperanzas. Pero ahí estaba. Llena de barro y con el pelo empapado, las manitas tan sucias que parecían negras… Pero con un brillo de triunfo en los ojos. Detrás de ella, una bolsa bastante cargada que había conseguido arrastrar desde la superficie. Había restos de bocadillos y patatas, había lechuga, y tomate, y, sobre todo, había algo de carne. Se me abrieron los ojos con ilusión.

Éramos tan diferentes. Nicky no era de aquí. Nació en la superficie, y pasó gran parte de su vida allí arriba. Hasta que se quedó sola. Si estás solo allí arriba, estás condenado a la muerte. Aquí, por lo menos, nos cuidamos los unos a los otros. Yo la admiraba. Los primeros días los había pasado llorando, sin comer, echando de menos a su familia, a su hogar. A la luz del sol y al calor. Pero, con el tiempo, se convirtió en una más. Su piel dejó de ser brillante para tener siempre una capa de suciedad encima. Sus ojos, siempre llorosos y tristes, se enmascararon tras una capa de rudeza. Se había hecho fuerte, y era de las que más aportaba. Su experiencia en la superficie le daba la valentía que a muchos nos sobraba.

Nos acercamos a ella y nos sentamos en el suelo, cada uno a un lado. Nicky, sonriendo, nos tendió algo de comida. Poco a poco el resto de integrantes de nuestra comunidad, por así llamarlo, se fueron uniendo. Todos teníamos el mismo aspecto. Cansados, desesperanzados. Hartos de vivir de esta manera, ocultos. Pero el exterior era, para nosotros, la perdición.

― Chicos -comenzó Nicky, una vez estuvimos todos reunidos-. Sé que seguramente vosotros no tenéis esta costumbre, pero hoy es fin de año. En la superficie, se dice que hoy es un día para dejar atrás lo malo y emprender algo nuevo, afrontar nuevos retos.

La mayoría nos miramos, entre confusos y apenados por sus palabras. Miré a Nicky directamente a los ojos, sin comprender, y vi como se daba cuenta de que quizás aquel arrebato debería habérselo pensado mejor.

― Hoy es un día de celebración -continuó, con un ligero temblor-. Me gustaría poder compartirlo con vosotros.

De nuevo, nadie decía nada. Incluso el pequeño Satu bajó la vista, clavándola en su ración de comida. No lo pensé, me levanté sin más.

― Cuéntanos más, Nicky. ¿Qué se hace en fin de año?

No era la primera vez que ella, ilusionada, nos explicaba alguna de las tradiciones de la superficie. De lo que había perdido al bajar aquí abajo. Y siempre se le ponía esa cara de ilusión que… No podía no prestarle atención.

― Pues… Normalmente se hace una gran cena donde se reúne toda la familia. Comen y beben, y ríen y se cuentan qué tal las navidades. Entonces esperan hasta las doce, que es cuando se acaba el día y comienza el siguiente, y escuchan las campanadas y comen uvas para recibir el año nuevo.

― ¿Cómo son las campanadas? -Preguntó Satu, intrigado.

Ella, sonrió y abrió los brazos.

― ¡Tolón, tolón!

El pequeño y yo nos miramos y, automáticamente dimos un bocado a la comida. Nicky, risueña, repitió aquel sonido tan extraño, y repetimos el gesto. Y otra vez. Y otra. Con cada bocado, más de nuestros compañeros se sumaban a ella. Nos dejamos llevar por ese pequeño momento de diversión, comiendo al ritmo de esas campanadas inventadas. Cuando llegó a doce, Nicky dejó de hacer aquel sonido.

― ¡Feliz año nuevo! -Gritó, abrazando a Satu.

Después me abrazó a mí, repitiendo la frase. Yo, sin acabar de entender nada, lo repetí. Y siguió la cadena de abrazos, mientras todos repetíamos aquella frase. Fue encantador. Como darnos cuenta de que, a pesar de estar condenados a vivir en este infierno, no estábamos solos. Al menos nos teníamos los unos a los otros. Incluso después de aquel teatro seguimos comiendo, más animadamente. Algunos contaban batallitas de sus experiencias en la superficie. Los más valientes incluso hablaron de los monstruos de allí afuera, de cómo se habían enfrentado a ellos. De cómo habían huido. De cómo habían decidido que la tranquilidad de la oscuridad y la humedad era mejor que enfrentarse a los terrores.

Poco a poco la actividad fue menguando y el grupo se fue disolviendo. El pequeño Satu también se marchó. Nos quedamos solas, mirando a la profunda oscuridad.

― Arnet, ¿crees que podría…?

La miré, interrogante. Ella apartó la mirada.

― Me gustaría no dormir sola esta noche.

― Claro, no te preocupes. Tengo cartones de sobra.

Nos acercamos a mi pequeño rincón, donde la cantidad de cartones había disminuido considerablemente. Pero no me enfadé. Era lo habitual. Al menos, los demás habían tenido la decencia de dejarme suficientes cartones como para cubrirme entera, e incluso había espacio para Nicky. Nos acurrucamos, muy cerca la una de la otra. Podía notar su tacto. A pesar de la suciedad y del barro, seguía siendo más suave que yo. Infinitamente más suave. Sus rasgos, a pesar de ser similares a los míos, denotaban grandes diferencias entre nosotras. Ella era de la superficie. Siempre lo sería, por más que su rostro se cubriera de suciedad y los monstruos la persiguieran. Ella había tenido un hogar, una familia, alguien que la quisiera.

― ¿Sigues despierta? -Pregunté en un susurro. Ella, en silencio, asintió-. ¿Cómo se hace eso de… Dejar atrás todo lo malo y proponerse cosas nuevas?

Se giró, mirándome directamente a los ojos.

― Allí arriba… Tienen una costumbre. Los propósitos de año nuevo. Cuando empieza el año, todo el mundo se propone cosas. Cosas que necesita hacer, o que siempre ha querido hacer, pero nunca ha sacado el momento. El año nuevo es una excusa para intentar hacerlo.

Asentí, quedándome con la información. No dijimos nada más. Ella terminó por dormirse, pero una idea comenzaba a rondar por mi cabeza. Una idea que hacía arder mi corazón. Yo había nacido aquí abajo, en la oscuridad, en el silencio, en la humedad. Nunca había visto la luz del sol, y nunca había sido tan valiente como para intentar conocerla. Me aterrorizaban la superficie y los monstruos. Pero ya no más. Mi propósito de año nuevo sería ese. Salir a la superficie. Enfrentarme a mis miedos.

Para qué esperar. Llevaba varias horas estirada sobre los cartones, sin ser capaz de dormir, escuchando la leve respiración de Nicky a mi lado. Ella siempre nos dejaba sin avisar a nadie y siempre volvía con gran cantidad de comida, más de la que podíamos sacar de la basura que llegaba aquí abajo. ¿Por qué no iba a hacer yo lo mismo?

Me levanté, decidida. Abandoné la cálida compañía de Nicky y me alejé. Busqué algún charco para refrescarme la cara y despejarme. Llevaba muchísimas horas sin pegar ojo, pero aquello no me detendría. A pesar de no haber salido nunca a la superficie, conocía los caminos. Me decidí por uno de ellos, al azar. A pesar de estar a oscuras, habíamos desarrollado la capacidad de ver aquí abajo.

Iba dejando atrás los túneles, evitando el agua sucia que corría. Subí una de las empinadas rampas, resbalando varias veces en el intento. Pero lo conseguí. Ahí estaba. La luz. Aun era tenue, seguramente estaba amaneciendo. Una pesada rejilla me separaba del mundo exterior, pero mi delgadez me permitía colarme por entre los barrotes.

El mundo exterior no era para nada como imaginaba.

Todo era grande, muy grande, enorme. El suelo estaba caliente. Salí completamente de la oscuridad, sintiendo una gélida brisa rodearme. Hacía frío, pero era una sensación muy diferente a la que tenías ahí abajo. Por suerte no había ni rastro de actividad. Los monstruos seguramente estaban escondidos en sus casas, esperando el inicio de un nuevo día.

Paseé por la ciudad. Los olores eran indescriptibles. La sensación de la luz natural golpeando directamente en mi cuerpo también. Aunque siempre vivía en las sombras, había zonas ahí abajo que tenían luz artificial. Quizá por eso, sumado a que la luz no era nada intensa, no me quede totalmente ciega nada más salir. Mis ojos se acostumbraron gradualmente a la luz. Entonces lo escuché. Una de aquellas grandes puertas comenzó a abrirse. Y me encontré cara a cara con un monstruo.

Eran jodidamente enormes.

El monstruo cerró la puerta y bajó la vista. Y me vio. Y yo lo vi a él. Su cara se contrajo en una mueca espeluznante.

― ¡¡Una rata!! – Me gritó, con una voz tan aguda que sentí que la cabeza me iba a explotar.

No entendí aquello. No me paré a pensarlo. Salí corriendo por donde había venido, buscando alguna de las innumerables rejas que me llevarían de vuelta a casa, de vuelta al subsuelo. Me deje caer por el hueco, esperando no llevarme un gran tortazo. Por suerte caí en el agua. Nadé hasta uno de los bordes y me encaramé a él. Mi pelaje estaba empapado y pesado. En seguida noté el frío correrme desde la punta de la cola hasta la de los bigotes. Me sacudí entera, aún con el mal cuerpo encima. A la mierda los propósitos de año nuevo. A la mierda la superficie. Mejor quedarme como estaba.

¿Quién, en su sano juicio, querría salir a la superficie con semejantes seres esperándonos fuera?

Reto 1: Escribe un relato sobre los propósitos de año nuevo de tu personaje

Empezando…

¡Hola a todos!

Pues aquí estamos, empezando este blog. Hemos creado este rinconcito para ir colgando los relatos del reto #52RetosLiterup, que básicamente consiste en… Bueno, escribir 52 relatos en 52 semanas. A continuación os dejamos la lista de los 52 temas planteados para el reto:

  1. Escribe un relato sobre los propósitos de año nuevo de tu personaje.
  2. Escribe una historia sin un solo adverbio -mente.
  3. Tu protagonista se mira en el espejo y ve algo que no debería estar ahí.
  4. Haz un relato en el que tu protagonista, una herrera, realice el viaje de la heroína.
  5. Empieza tu relato con una pregunta y acábalo con la respuesta.
  6. Haz un relato desde el punto de vista de un yeti sobre sus avistamientos de humanos.
  7. Dos de tus personajes se enamoran. Escribe un relato romántico lejos de los tópicos.
  8. Haz un relato con un personaje mitológico como protagonista.
  9. Escribe un relato infantil con una moraleja educativa.
  10. Haz un relato sobre una mascarada.
  11. Escribe una ucronía con la invención de la imprenta en 1440 por Johannes Gutenberg.
  12. Haz un relato que incluya las palabras “lunes”, “guisantes” y “alfombra”.
  13. Escribe una historia sobre una maldición familiar.
  14. Haz un relato epistolar sobre un personaje que escribe a su “yo” de cuando tenía 12 años.
  15. Escribe un retelling de una historia de Disney en clave de terror.
  16. Haz un relato romántico que imite a ‘Pretty Woman’, pero con el género de los protagonistas intercambiados.
  17. Escribe un relato sobre dos alienígenas, muy diferentes entre sí, que son muy amigos/as.
  18. Utiliza el efecto Rashomon en tu relato para mostrar una fiesta de cumpleaños que acaba mal.
  19. Haz un relato sobre varios personajes encerrados a causa de una ventisca.
  20. Escribe un relato sobre un domador de dinosaurios.
  21. Haz un relato en el que todos los personajes lleven sombrero.
  22. Escribe un thriller en el que el protagonista deba conseguir salvar las amapolas de la extinción.
  23. Haz un relato sobre un protagonista que despierta al lado de un cadáver y tiene que descubrir qué ha ocurrido.
  24. Escribe una historia sin usar el verbo “tener” en ninguna de sus conjugaciones.
  25. Personifica uno de los siete pecados capitales y escribe un relato sobre su intento de cambiar.
  26. Escribe un relato sobre el mundo de la moda con un narrador editorial.
  27. Haz un relato sobre un personaje con síndrome de abstinencia.
  28. Escribe una historia sobre la maternidad.
  29. Haz un relato con un narrador en segunda persona al estilo ‘Elige tu aventura’.
  30. Escribe una historia que contenga la frase “Y eso no es lo peor que me había pasado”.
  31. Haz un relato sobre dos personajes que se odian y deben compartir un viaje largo en coche.
  32. Escribe un relato en el que tu protagonista acabe al final con un cliffhanger colgando de la cornisa de un edificio en llamas.
  33. Haz que tu relato gire en torno a un cuaderno de dibujo.
  34. Escribe un relato con dos personajes que tengan maneras de hablar distintas.
  35. Inventa una guerra y pon a tu protagonista en la vanguardia de la batalla.
  36. Comienza un relato con “Estoy en el fin del mundo”.
  37. Escribe una historia sobre un superhéroe que de pronto pierde sus poderes.
  38. Escribe un relato en el que tu protagonista siga el arco emocional de Ícaro.
  39. Haz un relato en clave de humor sobre un hombre con miedo a los cacahuetes.
  40. Escribe una historia que tenga lugar en una carpintería.
  41. Haz una historia sobre un personaje que tiene remordimientos.
  42. Haz un relato que incluya las palabras catalanas ‘primmirat’,  ‘seny’ y ‘escanyolit’.
  43. Escribe un relato sobre dos personajes que se conocen a través de una app de contactos.
  44. Haz un relato sobre un personaje que está solo, pero se siente muy bien acompañado.
  45. Escribe un relato que contenga una leyenda inventada por ti.
  46. Tu protagonista se enfrenta a un proceso de duelo. Escribe un relato muy emotivo.
  47. Haz una versión alternativa de ‘El mago de Oz’ en la que Dorothy es la antagonista de la historia.
  48. Escribe un relato situado en Júpiter.
  49. Escribe una historia sobre un personaje que despierta y al que sus familiares y amigos no reconocen.
  50. Haz un relato con un personaje secundario que sea un pirata que roba pizzas. ¡Y ojo, que no eclipse a tu protagonista!
  51. Escribe un relato que describa un beso (¡solo uno!) y todas las sensaciones que provoca en los personajes.
  52. Todo le sale mal a tu personaje el 31 de diciembre antes de la cena. De ti depende que empiece el 2020 con buen pie o en la miseria.

¡Nos leemos!