2. MAGDALENA

Se podría decir que Magdalena era una mujer sin suerte. No era una desgraciada, su vida no era tan mala, pero siempre que algo le podía ir mal en la vida, le iba mal. La suerte jamás se ponía de su lado. La primera batalla perdida fue a las pocas horas de nacer, cuando su ilusionado padre fue al registro de familia y le dijo a la persona encargada “llamaré a la niña María Magdalena, ¡como a mi difunta abuela!”. Y tan orgulloso estaba de aquella decisión que no se paró a pensar que, apellidándose él Rebollo y su señora Gordo, el resultado igual era un poco fatídico para una cría recién nacida. Así pues, María Magdalena Rebollo Gordo fue objeto de burla en el colegio, pero tampoco mucho. No era tan importante como para acosarla.

Aunque la suerte solía darle la espalda, nunca se la dio tanto como aquella noche. Había acabado escondida en una nave industrial con aspecto de estar abandonada. Subió las escaleras metálicas, que gruñeron al sentir su peso encima, y dio las gracias a Dios tres veces al encontrar la puerta del despacho abierta. Se coló dentro y cerró con prisas. Se tomó un segundo para explorar la sala, bañada en tinieblas, mientras su corazón martilleaba en sus oídos después de tanto correr. Sólo había un escritorio con una raída silla, los restos de lo que parecía un viejo ordenador y un armario de puerta metálica. No lo pensó mucho y se escondió en el robusto mueble, sintiendo enseguida un terrible frío por todo el cuerpo. ¿Cómo demonios había acabado en una situación tan surrealista?

Ah, claro, las malditas pastillas.

La suerte siempre se había reído de ella, era cierto. Pero nunca a esta escala. Llevaba más de veinticuatro horas sin dar pie con bola; todo lo que hacía le salía mal o peor. Eran sus decisiones las que la habían llevado hasta este punto, estaba claro, pero aún así no podía no echarle la culpa a su maldito destino. Llevaba varios meses en el paro. Demasiados, para ser una persona sin familia ni amigos sobre los que apoyarse. Por supuesto, estaba Petri, la única amiga que había conseguido hacer a lo largo de su vida, pero mas que ayuda siempre era una fuente de problemas extra.

El dinero sólo bajaba y las oportunidades no llegaban. Había trabajado más de quince años en la misma oficina. No tenía demasiadas responsabilidades y tampoco avanzaba en sus habilidades laborales. Cuando su jefe se cansó de ella y quiso sustituirla por una carita más joven no tuvo con qué rebatirle. Magdalena se fue agachando la cabeza y escondiendo el rabo entre las piernas.

Escondida en el armario, escuchó sonidos provenientes de la planta baja de la nave industrial. La gran puerta metálica se abrió con un chirrido que le heló la sangre. Quizá fuera el miedo, pero sus sentidos parecían haberse agudizado. Magdalena podía escuchar cada uno de los pasos que daba aquel muchacho, si es que lo podía llamar así, mientras la buscaba. Juntó las manos en una plegaria silenciosa, rezándole a Dios todo lo que recordaba de cuando estudiaba con las monjas. Aunque había logrado recuperar un poco el aliento después de tanto huir, el corazón seguía palpitándole con fuerza en el pecho, aterrorizado. La muerte nunca había sido tan real como aquella noche.

Magdalena siempre había sido una buena chica. Nunca había roto un plato, ni si quiera de manera literal. Aprobó los estudios, trabajó a tiempo parcial en una zapatería mientras estudiaba, se independizó en cuanto pudo y vivió por su cuenta. Cuando su madre se marchó de casa, por no soportar a un marido que parecía más parte del mobiliario que un hombre ni a una hija que más que sangre parecía tener horchata en las venas, Magdalena se ocupó de su padre sin rechistar. Incluso había pagado la ortodoncia del hijo pequeño de Petri cuando ella no tenía cómo pagar los gastos. Pero cuando fue Magdalena la que se vio en un apuro, su amiga se encogió de hombros.

― Pues no sé, busca algo que te de dinero, aunque sea para salir del paso. Mira, el hijo de la Toñi, el Isma, se apuntó a una cosa de una farmacéutica que le dieron como un ibuprofeno, pero más fuerte. Se pasó un día entero durmiendo y a cambio le dieron quinientos eurillos. Que oye, yo firmaba por ganar el dinero así de fácil, ¿eh?

― Pero Petri, ¿cómo voy a dejar que me den… drogas? ¿Y si me sientan mal o me hacen algo malo?

― Ay hija, es que eres una siesa, ¿eh? Que, por no tomar, ni te tomas unas cervecitas conmigo. Que eres una aburrida, cariño; déjate vivir un poco.

Era cierto. Magdalena era una mujer de costumbres. No hacía nada que pudiera romper su rutina. Por eso, aunque de más jovencita sí que se dejó embaucar por el alcohol cuando Petri la arrastraba por ahí de fiesta, al tomar las riendas de su vida decidió que ya no más. Tampoco tomaba cafeína, ni ningún otro tipo de sustancia que pudiera alterar, ni un poco, sus hábitos diarios.

Se pensó mucho lo de ir a los laboratorios. Algo dentro de ella le decía que era una locura. Otra parte le decía que necesitaba el dinero. Y otra, mucho más pequeñita, solo tenía ganas de gritarle a Petri que no era tan siesa como decía. Así que dos contra uno, ganó la opción del sí. Era primero de enero y hacía un frío para morirse. Abrió la puerta de su bloque y salió a la calle, respirando aquel aire invernal que le heló los pulmones. Miró al suelo, dubitativa. Y allí, muy cerquita de sus pies, vio una pequeña bola de pelo sucia que la miraba con unos ojillos marrones llenos de curiosidad y terror.

― ¡¡Una rata!!

El grito de Magdalena asustó al roedor, que salió corriendo calle abajo y se coló por la primera alcantarilla que encontró. Pero la mujer no lo vio, ya que echó a correr en dirección contraria, muerta del susto. Si es que, cuando decía que no tenía suerte en la vida, no se equivocaba tanto… Su carrera la llevó hasta la parada del autobús, y el autobús la llevó hasta la puerta de los laboratorios que Petri le había indicado.

Si no hubiera visto aquella rata, lo más probable es que hubiera dado marcha atrás. Hubiera vuelto al calor de su piso, hubiera abierto el periódico de la mañana y habría seguido buscando trabajo. Quizás esa mañana hubiera sido la indicada y por fin la habrían llamado de un nuevo empleo, terminando con todos sus problemas. Quizás podría haberle dicho a Petri “pues mira, sí, soy una siesa, pero ya estoy bien como estoy”. Pero se asustó al ver al pequeño animal, y ya que había salido de casa, ¿qué tenía que perder?

Pues todo, pero eso aún no lo sabía.

Ahí, encerrada en aquel armario, recordó a la chica tan simpática que la atendió en el laboratorio. Le hicieron rellenar un montón de papeleo, le hicieron algunos análisis y le dijeron que estaba todo listo. El experimento sería sencillo, tomar unas pastillas a lo largo de tres días y anotar los diferentes síntomas que sintiese. Era un tratamiento experimental y no sabían qué efectos secundarios podría tener.

― Es recomendable que permanezca en casa -le decía la muchacha, de la que ya no recordaba el nombre-. Algunos de los síntomas detectados en algunos perfiles son la somnolencia o desorientación, por lo que es mejor que esté en un lugar donde no pueda correr peligro.

Ella, que seguía con su orgullo herido y el bolsillo vacío, se limitó a asentir. Le dieron las pastillas y una tablet donde debería ir anotando los diferentes efectos provocados por las tomas. En cuanto llegó a casa, se santiguó tres veces y se tomó la primera dosis. Se sentó en su sillón, con vistas al colorido balcón que había ido llenando de plantas a lo largo de su vida y ahora parecía más un trocito de selva que la terraza de un piso en mitad de una ciudad. Esperó con paciencia, agarrada al sillón, esperando que su cuerpo estallase de golpe o se le cayera el pelo de la cabeza. Pero nada de eso. Las horas pasaban y ella no se sentía diferente. Lo único que notaba era un extremo calor, que cada vez la hacía sudar más.

Abrió todas las puertas y ventanas de su piso. Siendo primero de enero, el frío entró veloz por cada apertura, pero el calor no se le iba del cuerpo. El cacharro que le habían dado en el laboratorio comenzó a pitar, reclamando el primer informe de los síntomas. Anotó lo del calor, aunque no tenía claro si era por las pastillas o los primeros indicios de la menopausia.

El calor, que no se iba, fue pronto acompañado por un incesante sentimiento de agobio. A pesar de tenerlo todo abierto, se sentía atrapada entre aquellas cuatro paredes. Sentía el peso de toda una vida allí encerrada sobre ella, e intentaba apartar de su cabeza la idea de que estaba desperdiciando su vida. Cuando la tablet volvió a pitar después de la toma de la noche, anotó la claustrofobia como síntoma. Y, sin aguantar más, se echó la chaqueta a los hombros y salió a la calle a respirar, a pesar de las indicaciones de la chica del laboratorio.

Su paseo nocturno la llevo lejos de casa. Si hubiera tenido la tablet encima podría haber anotado en ella un nuevo síntoma: desorientación. A pesar de haber vivido toda su vida en aquella ciudad, no reconocía para nada las calles que estaba recorriendo. La noche cada vez era más cerrada y las calles más y más desconocidas. Cuando se decidió a preguntar a algún transeúnte cómo volver a casa, se dio cuenta de que por aquellas calles ya no había nadie. Se maldijo tres veces por haber tardado tanto en decidirse a preguntar, y otras tres más por no ser capaz de discernir por dónde había llegado hasta donde estaba.

Era un polígono industrial, eso estaba claro. Ambos lados de la calle estaban ocupados por enormes construcciones que servirían de almacenaje decoradas con los logos de las empresas que las utilizaban. Magdalena se arropó en su chaqueta, ya que el intenso calor se había esfumado y el frío de la calle comenzaba a calar su cansado cuerpo. Debía hacer horas que había salido de casa y sólo pensaba en volver y meterse en la cama. Si solo supiese por dónde había llegado…

Al cruzar una de las grandes calles, bajo la luz de una farola, había un muchacho agachado. Vestía una chaqueta tejana y unos pantalones que dejaban ver el borde de sus calzoncillos. En una situación diferente Magdalena se habría escandalizado por aquello, pero estaba tan cansada y desesperada que sólo pensó en acercarse al muchacho para pedir ayuda. Conforme acortaba la distancia que les separaba, Magdalena comenzó a escuchar un extraño sonido, como de succión. Algo dentro de su cuerpo le decía que saliera corriendo de allí, pero lo ignoró. Como siempre Magdalena tomando las decisiones menos acertadas.

Carraspeó al llegar a la altura del muchacho. Este se volvió con rapidez y clavó sus amarillos ojos en Magdalena. La mujer, que se había quedado más blanca que la leche, contuvo la respiración. Durante unos larguísimos segundos en los que el tiempo parecía haberse detenido, observó con atención la situación. El chico, que no debería tener más de veinticinco años, llevaba el pelo corto y castaño. Tenía un pendiente en la oreja derecha y unos ojos amarillos que parecían brillar con luz propia. Y entonces vio la sangre. Desde la nariz hasta la barbilla. En la boca, que mantenía abierta, pudo ver dos enormes colmillos que chorreaban más de aquel líquido rojo.  

― Perdone, joven, que me he confundido -atinó a decir.

― Joder – soltó el muchacho a su espalda.

Escuchó el golpe cuando el chico dejó caer el cuerpo del gato. Esa fue la señal para empezar a correr. Magdalena no era muy atlética, pero el hecho de ir y venir siempre caminando del trabajo le había permitido mantenerse más o menos en forma. Pero aquella noche corrió como no lo había hecho en su vida. Se perdió por aquellas amplias calles, deseando encontrar un rincón en el que esconderse. Pero era imposible. Las calles estaban desiertas.

Desesperada, comenzó a tirar de los pomos de todas las puertas que encontraba. Necesitaba un lugar en el que refugiarse. Consiguió colarse en una vieja nave industrial con aspecto abandonado y se coló en el armario del despacho, con el corazón apretándole fuerte en el pecho. Los pasos de aquel ser se escuchaban en la planta inferior. Magdalena, que ya no sabía qué más rezar, se llevó las manos a la boca, intentando que los sollozos que comenzaban a sacudirla de la cabeza a los pies no sonaran demasiado fuertes.

Escuchó entonces la puerta de salida de nuevo. Parecía que el muchacho había desistido en buscarla allí. No podía creer la suerte que había tenido de que no se le ocurriese subir a la planta de arriba. Se quedó varios minutos allí metida, llorando como una niña, desahogando todo el pánico acumulado en la noche. Cuando ya no le quedaron más lágrimas que soltar, abrió poquito a poco la puerta del armario y salió de allí, con las piernas entumecidas. Miró a través del cristal de la puerta para asegurarse de que el chico de ojos amarillos no la esperaba abajo, pero ni rastro. Suspiró aliviada. Por una vez en la vida, la suerte no la había abandonado.

O eso pensó justo antes que la ventana que tenía a su espalda estallase en mil esquirlas de cristal, cuando aquel muchacho se abalanzó encima suyo. Fue tan rápido que Magdalena apenas tuvo tiempo de soltar el aire de sus pulmones. El dolor lacerante le nubló la vista en el momento que el chico de la chaqueta tejana clavaba sus gruesos colmillos en su cuello. Magdalena, que lo más cerca que había estado de un hombre era mirando las revistas del corazón de la peluquería, sintió aquello como el momento más erótico de su vida, a pesar de lo retorcido del asunto.

Conforme la sangre abandonaba por completo su cuerpo al ser absorbida por el chico, sentía que la vida se iba de ella. El frío la abrazaba y le susurraba palabras dulces al oído, invitándola a dormir para, quizás, no volver a despertar nunca. Como siempre, Magdalena había apostado cara, pero le había tocado cruz.

Reto 2: Escribe una historia sin un solo adverbio -mente

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LA FURGO

Llevaban casi dos meses en carretera, se habían recorrido medio continente y aún tenían que ir de Alemania a Italia. Iban de un pueblo a otro visitandolo sin prisa, a veces encontraban un trabajillo y se quedaban unos días más. Pero ese era su propósito de este año, vivir la aventura.

Habían acabado adecuando la furgo para este viaje con lo que la parte trasera era un colchón, una lámpara a pilas pegada a la pared, dos cajas con diferentes enseres y las mochilas. Mientras uno conducía, el otro dormía y viceversa puesto que había días que no podían parar o no encontraban ningún camping ni parking donde aparcar para echar una cabezadita.

Ese dia, justo acababan de salir de Rosenhein e iban dirección Bolzano cuando una tormenta los interceptó a mitad de camino. El pobre vehículo, que había vivido tiempos mejores, no daba más de sí para retirar la lluvia de la luna del coche y permitirles avanzar así que al final, tras un poco de rifi rafe decidieron aparcar en la cuneta y esperar a que escampara.

Después de esperar casi diez minutos decidieron quedarse en la parte de atrás comiendo algo y charlando de banalidades, ya no sabían mucho más de qué hablar así que simplemente se acomodaron y quedaron en silencio, al poco la chica pelirroja se quedó dormida sobre el rubio.

La lluvia caía constante y el ambiente estaba cargado cuando Nube se despertó, tenía la cara de chico a pocos centímetros con lo que podía sentir ese aliento al que estaba tan acostumbrada solo que esta vez sus labios estaban solamente separados por milímetros.

Un cosquilleo de vergüenza y nervios recorrió todo su cuerpo mientras sus ojos verdes miraban la cara tranquila del chico, comprobó varias veces que realmente el joven estaba dormido y acercó los labios hasta que se acabaron tocando, sintió la calidez y cómo todo su cuerpo se derretía pidiéndole más.

Volvió a levantar la vista y vió esos ojos azules, él la miraba entre la socarronería y la sorpresa.

Dijo algo pero la pelirroja fue incapaz de entenderle, el corazón le latía con tal fuerza que parecía se le fuera a salir del pecho, estaba tan avergonzada que solo podía escuchar la lluvia chocando contra la chapa de la furgoneta.

-Yo..esto…lo siento…-Fue lo único que le salió decir antes de volver a tocar con sus labios los de él, solo que esta vez, él le respondió con suavidad incluso con duda al principio. Poco a poco y a medida que sus labios se iban conociendo, el beso iba evolucionando y las manos avanzando terreno.

Nube sentía una descarga eléctrica cada vez que las manos de él acariciaban alguna parte de su cuerpo, la peliroja a su vez paseaba por el pelo una de sus manos mientras con la otra lo abrazaba por la nuca deseando que no se fuera para que no acabara nunca ese momento.

Cuando se separaron para coger aire Nube apoyó su frente contra la de él con una risita cariñosa aun con el aliento entrecortado y muy nerviosa, sus ojos paseaban por las facciones del chico solo deteniéndose para admirar el brillo de los ojos azules de su compañero.

Se podía leer la duda entre los dos jóvenes y una eterna espera hasta que él decidiera si avanzar o retroceder mientras los brazos de Nube seguían cruzados alrededor del cuello de Aaron jugueteando con sus rastas.

Los labios se volvieron a fundir, las manos esta vez dudaban menos y mientras las de Nube seguían acariciando el pelo del chico, las de él repasaban la anatomía de la pelirroja.

Poco a poco los besos y las caricias fueron dejando paso a los mordiscos en el cuello, los suspiros y el roce de la piel con la piel.

Las camisetas hacía tiempo que habían quedado arrugadas a un lado de la parte trasera de la furgo mientras ahora las manos desnudas acariciaban la piel, Nube acariciaba con dulzura cada músculo del cuerpo de Aaron dibujandolo con su dedo para memorizarlo, recorría con un dedo y su lengua los tatuajes marcados en la piel del chico. Sus ojos de vez en cuando se cruzaban para confirmar que seguían adelante, para leerse los pensamientos de aquellos que llevan tantos años juntos.

Lo único que les separaba de estar totalmente unidos eran dos trozos de tela que podrían llegar a haber desaparecido por la fricción de los dos cuerpos buscándose. Nube dejó que él tomara la iniciativa con la piel ardiendo y una vergüenza vertiginosa poniéndose por debajo de él.

Dejó que repasara su cuerpo y relamiera cada uno de sus rincones por primera vez. Él la tanteaba con su lengua y sus labios buscando los gemidos más agudos de la chica que tenía la cara escondida detrás de uno de los cojines. Su lengua subió por su vientre con besos y lametones para centrarse en sus pezones mientras primero uno y luego dos dedos buscaban el climax de la pelirroja.

La mano de ella paró el movimiento de él y solo una frase salió de sus labios antes de tumbarle en el colchón.

-Me toca.-Dijo con una sonrisa en los labios mientras cambiaban las posiciones, jugó con él curioseando por primera vez la anatomía masculina, llegó un momento que supo que ya no quería parar.

Como si de un baile se tratara y con un beso largo y lento cambiaron las posiciones de nuevo, quedando ella por debajo y acomodando las piernas a las caderas de él.

Él le había quitado el cojín, pero ella había conseguido esconder su cabeza entre la clavícula del chico mientras sus piernas se cerraban a su espalda. Sus dedos se clavaban en la espalda del rubio marcando sus uñas en la blanca piel mientras sentía las embestidas en sus entrañas.

Fuera había dejado de llover hacía un buen rato, de hecho hacía varias horas pero en la furgo los dos cuerpos seguían conociéndose y moviéndose cada vez con más complicidad.

Ese día Nube tachó dos propósitos de su lista.


Reto 1: Escribe un relato sobre los propósitos de año nuevo de tu personaje

1. EN LAS SOMBRAS

Las horas pasaban lentamente. Allí abajo, en la oscuridad, nunca sabías exactamente cuánto esperabas. Sólo observabas la vida pasar, en silencio, tratando de mantenerte a salvo hasta el próximo golpe de suerte. Había conseguido unos cuantos cartones que me resguardaban del frío y la humedad. Ahí abajo, en la oscuridad, nunca se está bien. Lo común es la humedad y el dolor de huesos. Es el frío y no encontrar cobijo, a pesar de estar a cubierto.

No era lo habitual en mí, pero empezaba a cerrar los ojos, agotada. El cansancio del día, de la vida entera, estaba pudiendo conmigo. Decidí dejarme llevar. ¿Qué podía llegar a perderme, estando en aquel agujero? Nada importante. Me acomodé entre los cartones, buscando la posición más reconfortante posible, y cerré los ojos. Instantáneamente caí en un sueño profundo.

― Arnet, despierta. Nicky ha vuelto.

Satu me miraba con sus ojillos de niño inocente mientras me sacudía para tratar de despertarme. Con su ojo, debería decir. A pesar de ser de los más jóvenes de la zona, ya había perdido un ojo. Vivir en las sombras es duro, aunque todos intentemos proteger a los más indefensos. Nunca sabes lo que puede pasar.

― Ya voy, ya voy… – murmuré, desperezándome.

Hacía tres días que Nicky se había aventurado, sola, fuera de las alcantarillas. Nadie pensaba que fuera a volver. Incluso yo había perdido todas las esperanzas. Pero ahí estaba. Llena de barro y con el pelo empapado, las manitas tan sucias que parecían negras… Pero con un brillo de triunfo en los ojos. Detrás de ella, una bolsa bastante cargada que había conseguido arrastrar desde la superficie. Había restos de bocadillos y patatas, había lechuga, y tomate, y, sobre todo, había algo de carne. Se me abrieron los ojos con ilusión.

Éramos tan diferentes. Nicky no era de aquí. Nació en la superficie, y pasó gran parte de su vida allí arriba. Hasta que se quedó sola. Si estás solo allí arriba, estás condenado a la muerte. Aquí, por lo menos, nos cuidamos los unos a los otros. Yo la admiraba. Los primeros días los había pasado llorando, sin comer, echando de menos a su familia, a su hogar. A la luz del sol y al calor. Pero, con el tiempo, se convirtió en una más. Su piel dejó de ser brillante para tener siempre una capa de suciedad encima. Sus ojos, siempre llorosos y tristes, se enmascararon tras una capa de rudeza. Se había hecho fuerte, y era de las que más aportaba. Su experiencia en la superficie le daba la valentía que a muchos nos sobraba.

Nos acercamos a ella y nos sentamos en el suelo, cada uno a un lado. Nicky, sonriendo, nos tendió algo de comida. Poco a poco el resto de integrantes de nuestra comunidad, por así llamarlo, se fueron uniendo. Todos teníamos el mismo aspecto. Cansados, desesperanzados. Hartos de vivir de esta manera, ocultos. Pero el exterior era, para nosotros, la perdición.

― Chicos -comenzó Nicky, una vez estuvimos todos reunidos-. Sé que seguramente vosotros no tenéis esta costumbre, pero hoy es fin de año. En la superficie, se dice que hoy es un día para dejar atrás lo malo y emprender algo nuevo, afrontar nuevos retos.

La mayoría nos miramos, entre confusos y apenados por sus palabras. Miré a Nicky directamente a los ojos, sin comprender, y vi como se daba cuenta de que quizás aquel arrebato debería habérselo pensado mejor.

― Hoy es un día de celebración -continuó, con un ligero temblor-. Me gustaría poder compartirlo con vosotros.

De nuevo, nadie decía nada. Incluso el pequeño Satu bajó la vista, clavándola en su ración de comida. No lo pensé, me levanté sin más.

― Cuéntanos más, Nicky. ¿Qué se hace en fin de año?

No era la primera vez que ella, ilusionada, nos explicaba alguna de las tradiciones de la superficie. De lo que había perdido al bajar aquí abajo. Y siempre se le ponía esa cara de ilusión que… No podía no prestarle atención.

― Pues… Normalmente se hace una gran cena donde se reúne toda la familia. Comen y beben, y ríen y se cuentan qué tal las navidades. Entonces esperan hasta las doce, que es cuando se acaba el día y comienza el siguiente, y escuchan las campanadas y comen uvas para recibir el año nuevo.

― ¿Cómo son las campanadas? -Preguntó Satu, intrigado.

Ella, sonrió y abrió los brazos.

― ¡Tolón, tolón!

El pequeño y yo nos miramos y, automáticamente dimos un bocado a la comida. Nicky, risueña, repitió aquel sonido tan extraño, y repetimos el gesto. Y otra vez. Y otra. Con cada bocado, más de nuestros compañeros se sumaban a ella. Nos dejamos llevar por ese pequeño momento de diversión, comiendo al ritmo de esas campanadas inventadas. Cuando llegó a doce, Nicky dejó de hacer aquel sonido.

― ¡Feliz año nuevo! -Gritó, abrazando a Satu.

Después me abrazó a mí, repitiendo la frase. Yo, sin acabar de entender nada, lo repetí. Y siguió la cadena de abrazos, mientras todos repetíamos aquella frase. Fue encantador. Como darnos cuenta de que, a pesar de estar condenados a vivir en este infierno, no estábamos solos. Al menos nos teníamos los unos a los otros. Incluso después de aquel teatro seguimos comiendo, más animadamente. Algunos contaban batallitas de sus experiencias en la superficie. Los más valientes incluso hablaron de los monstruos de allí afuera, de cómo se habían enfrentado a ellos. De cómo habían huido. De cómo habían decidido que la tranquilidad de la oscuridad y la humedad era mejor que enfrentarse a los terrores.

Poco a poco la actividad fue menguando y el grupo se fue disolviendo. El pequeño Satu también se marchó. Nos quedamos solas, mirando a la profunda oscuridad.

― Arnet, ¿crees que podría…?

La miré, interrogante. Ella apartó la mirada.

― Me gustaría no dormir sola esta noche.

― Claro, no te preocupes. Tengo cartones de sobra.

Nos acercamos a mi pequeño rincón, donde la cantidad de cartones había disminuido considerablemente. Pero no me enfadé. Era lo habitual. Al menos, los demás habían tenido la decencia de dejarme suficientes cartones como para cubrirme entera, e incluso había espacio para Nicky. Nos acurrucamos, muy cerca la una de la otra. Podía notar su tacto. A pesar de la suciedad y del barro, seguía siendo más suave que yo. Infinitamente más suave. Sus rasgos, a pesar de ser similares a los míos, denotaban grandes diferencias entre nosotras. Ella era de la superficie. Siempre lo sería, por más que su rostro se cubriera de suciedad y los monstruos la persiguieran. Ella había tenido un hogar, una familia, alguien que la quisiera.

― ¿Sigues despierta? -Pregunté en un susurro. Ella, en silencio, asintió-. ¿Cómo se hace eso de… Dejar atrás todo lo malo y proponerse cosas nuevas?

Se giró, mirándome directamente a los ojos.

― Allí arriba… Tienen una costumbre. Los propósitos de año nuevo. Cuando empieza el año, todo el mundo se propone cosas. Cosas que necesita hacer, o que siempre ha querido hacer, pero nunca ha sacado el momento. El año nuevo es una excusa para intentar hacerlo.

Asentí, quedándome con la información. No dijimos nada más. Ella terminó por dormirse, pero una idea comenzaba a rondar por mi cabeza. Una idea que hacía arder mi corazón. Yo había nacido aquí abajo, en la oscuridad, en el silencio, en la humedad. Nunca había visto la luz del sol, y nunca había sido tan valiente como para intentar conocerla. Me aterrorizaban la superficie y los monstruos. Pero ya no más. Mi propósito de año nuevo sería ese. Salir a la superficie. Enfrentarme a mis miedos.

Para qué esperar. Llevaba varias horas estirada sobre los cartones, sin ser capaz de dormir, escuchando la leve respiración de Nicky a mi lado. Ella siempre nos dejaba sin avisar a nadie y siempre volvía con gran cantidad de comida, más de la que podíamos sacar de la basura que llegaba aquí abajo. ¿Por qué no iba a hacer yo lo mismo?

Me levanté, decidida. Abandoné la cálida compañía de Nicky y me alejé. Busqué algún charco para refrescarme la cara y despejarme. Llevaba muchísimas horas sin pegar ojo, pero aquello no me detendría. A pesar de no haber salido nunca a la superficie, conocía los caminos. Me decidí por uno de ellos, al azar. A pesar de estar a oscuras, habíamos desarrollado la capacidad de ver aquí abajo.

Iba dejando atrás los túneles, evitando el agua sucia que corría. Subí una de las empinadas rampas, resbalando varias veces en el intento. Pero lo conseguí. Ahí estaba. La luz. Aun era tenue, seguramente estaba amaneciendo. Una pesada rejilla me separaba del mundo exterior, pero mi delgadez me permitía colarme por entre los barrotes.

El mundo exterior no era para nada como imaginaba.

Todo era grande, muy grande, enorme. El suelo estaba caliente. Salí completamente de la oscuridad, sintiendo una gélida brisa rodearme. Hacía frío, pero era una sensación muy diferente a la que tenías ahí abajo. Por suerte no había ni rastro de actividad. Los monstruos seguramente estaban escondidos en sus casas, esperando el inicio de un nuevo día.

Paseé por la ciudad. Los olores eran indescriptibles. La sensación de la luz natural golpeando directamente en mi cuerpo también. Aunque siempre vivía en las sombras, había zonas ahí abajo que tenían luz artificial. Quizá por eso, sumado a que la luz no era nada intensa, no me quede totalmente ciega nada más salir. Mis ojos se acostumbraron gradualmente a la luz. Entonces lo escuché. Una de aquellas grandes puertas comenzó a abrirse. Y me encontré cara a cara con un monstruo.

Eran jodidamente enormes.

El monstruo cerró la puerta y bajó la vista. Y me vio. Y yo lo vi a él. Su cara se contrajo en una mueca espeluznante.

― ¡¡Una rata!! – Me gritó, con una voz tan aguda que sentí que la cabeza me iba a explotar.

No entendí aquello. No me paré a pensarlo. Salí corriendo por donde había venido, buscando alguna de las innumerables rejas que me llevarían de vuelta a casa, de vuelta al subsuelo. Me deje caer por el hueco, esperando no llevarme un gran tortazo. Por suerte caí en el agua. Nadé hasta uno de los bordes y me encaramé a él. Mi pelaje estaba empapado y pesado. En seguida noté el frío correrme desde la punta de la cola hasta la de los bigotes. Me sacudí entera, aún con el mal cuerpo encima. A la mierda los propósitos de año nuevo. A la mierda la superficie. Mejor quedarme como estaba.

¿Quién, en su sano juicio, querría salir a la superficie con semejantes seres esperándonos fuera?

Reto 1: Escribe un relato sobre los propósitos de año nuevo de tu personaje

Empezando…

¡Hola a todos!

Pues aquí estamos, empezando este blog. Hemos creado este rinconcito para ir colgando los relatos del reto #52RetosLiterup, que básicamente consiste en… Bueno, escribir 52 relatos en 52 semanas. A continuación os dejamos la lista de los 52 temas planteados para el reto:

  1. Escribe un relato sobre los propósitos de año nuevo de tu personaje.
  2. Escribe una historia sin un solo adverbio -mente.
  3. Tu protagonista se mira en el espejo y ve algo que no debería estar ahí.
  4. Haz un relato en el que tu protagonista, una herrera, realice el viaje de la heroína.
  5. Empieza tu relato con una pregunta y acábalo con la respuesta.
  6. Haz un relato desde el punto de vista de un yeti sobre sus avistamientos de humanos.
  7. Dos de tus personajes se enamoran. Escribe un relato romántico lejos de los tópicos.
  8. Haz un relato con un personaje mitológico como protagonista.
  9. Escribe un relato infantil con una moraleja educativa.
  10. Haz un relato sobre una mascarada.
  11. Escribe una ucronía con la invención de la imprenta en 1440 por Johannes Gutenberg.
  12. Haz un relato que incluya las palabras “lunes”, “guisantes” y “alfombra”.
  13. Escribe una historia sobre una maldición familiar.
  14. Haz un relato epistolar sobre un personaje que escribe a su “yo” de cuando tenía 12 años.
  15. Escribe un retelling de una historia de Disney en clave de terror.
  16. Haz un relato romántico que imite a ‘Pretty Woman’, pero con el género de los protagonistas intercambiados.
  17. Escribe un relato sobre dos alienígenas, muy diferentes entre sí, que son muy amigos/as.
  18. Utiliza el efecto Rashomon en tu relato para mostrar una fiesta de cumpleaños que acaba mal.
  19. Haz un relato sobre varios personajes encerrados a causa de una ventisca.
  20. Escribe un relato sobre un domador de dinosaurios.
  21. Haz un relato en el que todos los personajes lleven sombrero.
  22. Escribe un thriller en el que el protagonista deba conseguir salvar las amapolas de la extinción.
  23. Haz un relato sobre un protagonista que despierta al lado de un cadáver y tiene que descubrir qué ha ocurrido.
  24. Escribe una historia sin usar el verbo “tener” en ninguna de sus conjugaciones.
  25. Personifica uno de los siete pecados capitales y escribe un relato sobre su intento de cambiar.
  26. Escribe un relato sobre el mundo de la moda con un narrador editorial.
  27. Haz un relato sobre un personaje con síndrome de abstinencia.
  28. Escribe una historia sobre la maternidad.
  29. Haz un relato con un narrador en segunda persona al estilo ‘Elige tu aventura’.
  30. Escribe una historia que contenga la frase “Y eso no es lo peor que me había pasado”.
  31. Haz un relato sobre dos personajes que se odian y deben compartir un viaje largo en coche.
  32. Escribe un relato en el que tu protagonista acabe al final con un cliffhanger colgando de la cornisa de un edificio en llamas.
  33. Haz que tu relato gire en torno a un cuaderno de dibujo.
  34. Escribe un relato con dos personajes que tengan maneras de hablar distintas.
  35. Inventa una guerra y pon a tu protagonista en la vanguardia de la batalla.
  36. Comienza un relato con “Estoy en el fin del mundo”.
  37. Escribe una historia sobre un superhéroe que de pronto pierde sus poderes.
  38. Escribe un relato en el que tu protagonista siga el arco emocional de Ícaro.
  39. Haz un relato en clave de humor sobre un hombre con miedo a los cacahuetes.
  40. Escribe una historia que tenga lugar en una carpintería.
  41. Haz una historia sobre un personaje que tiene remordimientos.
  42. Haz un relato que incluya las palabras catalanas ‘primmirat’,  ‘seny’ y ‘escanyolit’.
  43. Escribe un relato sobre dos personajes que se conocen a través de una app de contactos.
  44. Haz un relato sobre un personaje que está solo, pero se siente muy bien acompañado.
  45. Escribe un relato que contenga una leyenda inventada por ti.
  46. Tu protagonista se enfrenta a un proceso de duelo. Escribe un relato muy emotivo.
  47. Haz una versión alternativa de ‘El mago de Oz’ en la que Dorothy es la antagonista de la historia.
  48. Escribe un relato situado en Júpiter.
  49. Escribe una historia sobre un personaje que despierta y al que sus familiares y amigos no reconocen.
  50. Haz un relato con un personaje secundario que sea un pirata que roba pizzas. ¡Y ojo, que no eclipse a tu protagonista!
  51. Escribe un relato que describa un beso (¡solo uno!) y todas las sensaciones que provoca en los personajes.
  52. Todo le sale mal a tu personaje el 31 de diciembre antes de la cena. De ti depende que empiece el 2020 con buen pie o en la miseria.

¡Nos leemos!